Allí quedó otro momento, guardado en la memoria eterna de la imprenta, del papel. Sus ojos salieron abiertos, inmensos, también los míos. Fue una foto de a dos, a cuatro manos una encima de la otra, encima de la cámara, encima de todo lo que se pudiera tocar.
Los cabellos parecían constelaciones en masas amplias y oscuras iluminadas con brillos solares. Quedaron así para siempre en ese instante. Hicimos novelas de imágenes, novelas llenas de anatomía joven. Hicimos, fuimos. La fotografía nos hizo ser Dioses, los fotógrafos son Dioses y nosotros, al ser fotografiados, también fuimos Dioses.
Para bien o para mal el tiempo no nos sería ya egoísta, una fracción de nosotros seguiría en el gran adverbio Siempre. Todos los días serían para nosotros 29 de abril en la noche. Eso es lo mágico de las fotos y todo lo que es arte, es una vida que se crea y nunca muere. Ya no fuimos, ahora somos, en presente y plural.
Los cabellos parecían constelaciones en masas amplias y oscuras iluminadas con brillos solares. Quedaron así para siempre en ese instante. Hicimos novelas de imágenes, novelas llenas de anatomía joven. Hicimos, fuimos. La fotografía nos hizo ser Dioses, los fotógrafos son Dioses y nosotros, al ser fotografiados, también fuimos Dioses.
Para bien o para mal el tiempo no nos sería ya egoísta, una fracción de nosotros seguiría en el gran adverbio Siempre. Todos los días serían para nosotros 29 de abril en la noche. Eso es lo mágico de las fotos y todo lo que es arte, es una vida que se crea y nunca muere. Ya no fuimos, ahora somos, en presente y plural.